Historia del arte · Mitología comparada · Psicología profunda · Simbología religiosa · Filosofía

13 de febrero de 2010

El Sueño Verde

Bernardo el Trevisano

Verídico y verdadero porque contiene Verdad.

En este Sueño todo parece sublime; el sentido aparente no es indigno de aquel que nos oculta, la Verdad brilla en él con tanto esplendor, que no cuesta mucho trabajo descubrirla a través del velo que se ha pretendido utilizar para disfrazarla.

staba sumido en un sueño muy profundo cuando me pareció ver una estatua, de aproximadamente quince pies de altura, representando a un venerable anciano, bello y perfectamente proporcionado en todas las partes de su cuerpo. Sus cabellos, largos y ondulados, eran plateados; sus ojos eran de finas turquesas y en medio de ellos estaban engarzados unos carbunclos tan brillantes que yo no podía sostener la luz de su mirada. Sus labios eran de oro, sus dientes de perlas orientales y todo el resto del cuerpo estaba hecho de un rubí muy brillante. Tocaba con el pie izquierdo un globo terrestre, que parecía soportarlo.

Manteniendo el brazo derecho levantado y tenso parecía sostener, con la punta de su dedo, un globo celeste encima de su cabeza, y en la mano izquierda tenía una llave, hecha con un gran diamante en bruto.

Acercándoseme, este hombre me dijo: "Soy el genio de los sabios, no temas y sígueme". Luego, cogiéndome por los cabellos con la misma mano en la que sostenía la llave me levantó y me hizo atravesar las tres regiones del aire, la del fuego, y los cielos de todos los planetas. Me condujo más allá todavía; luego, habiéndome envuelto en un torbellino desapareció, y me encontré en una Isla, que flotaba sobre un mar de sangre.

Sorprendido al encontrarme en un país tan alejado, me paseaba por la orilla; considerando este mar con gran atención, reconocí que la sangre de la que estaba compuesto estaba viva y caliente. Observé incluso que un viento muy suave, que lo agitaba incesantemente, mantenía su calor y excitaba en este Mar una efervescencia que causaba a toda la isla un movimiento casi imperceptible.

Sobrecogido de admiración al ver estas cosas tan extraordinarias, reflexionaba sobre tantas maravillas cuando vi varias personas a mi lado. Al principio imaginé que quizás querían maltratarme y me deslicé bajo una mata de jazmines para esconderme. Pero al adormecerme su olor, me encontraron y me cogieron. El más alto del grupo, que parecía mandar a los otros, me preguntó con ademán altivo quién me había vuelto tan temerario como para venir de los Países bajos hasta este tan alto Imperio. Le expliqué cómo me habían transportado hasta allí. Cambiando inmediatamente de tono de voz, de ademanes y be modales, me dijo: ¡Sé bienvenido, tú que has sido conducido hasta aquí por nuestro altísimo y poderosísimo genio! Luego me saludó, y todos los demás también según la costumbre de su País que consiste en acostarse boca arriba dándose luego la vuelta y levantándose. Les devolví el saludo, pero según la costumbre de mi país. Me prometió que me presentaría al Hagacestaur que es su Emperador. Me rogó que le excusara por no tener ningún coche para llevarme a la ciudad de la que estábamos a una legua de distancia. Por el camino sólo me hablaba del poder y de las grandezas de su Hagacestaur diciendo que éste poseía siete reinos, habiendo escogido el que estaba en medio de los otros seis para hacer de él su residencia ordinaria.

Al observar que me costaba andar sobre lirios, rosas, jazmines, claveles, nardos y sobre una cantidad prodigiosa de las flores más bellas y extrañas que crecían incluso en los caminos, me preguntó, sonriendo, si temía hacer daño a estas plantas. Le respondí que bien sabía que no poseían un alma sensitiva; pero que, al escasear en mi país, me repelía pisotearlas.

Al no descubrir en toda la campiña más que flores y frutos, le pregunté dónde sembraban el trigo. Me respondió que no lo sembraban; pero habiendo cantidad de él en las tierras estériles, el Hagacestaur ordenaba tirar la mayor parte en nuestros Países bajos para complacernos, y que las bestias comían el resto. Que para ellos, hacían su pan con las flores más bellas; que lo amasaban con el rocío y lo cocían al sol. Al ver por todas partes una cantidad tan prodigiosa de bellísimos frutos, tuve el deseo de coger algunas peras para probarlas; pero quiso impedírmelo, diciéndome que sólo las bestias las comían. Sin embargo las encontré sabrosísimas. Me presentó melones, melocotones e higos: y no se han conocido frutos con tan buen sabor ni en la Provenza, ni en toda Italia, ni en Grecia. Me juró por el Hagacestaur que estos frutos procedían de sí mismos, y que no estaban en modo alguno, cultivados, asegurándome que no comían nada más con su pan.

Le pregunté cómo podían conservar estas flores y estos frutos durante el invierno. Me contestó que no conocían invierno alguno; que sus años sólo tenían tres estaciones, a saber: la primavera, el verano y que de estas dos estaciones se formaba la tercera, a saber: el otoño que encerraba en el cuerpo de los frutos el espíritu de la primavera y el alma del verano: recogiéndose en esta estación las uvas y las granadas, que eran los mejores frutos del país.

Se extrañó mucho cuando le expliqué que comíamos buey, cordero, aves, pescado y otros animales. Me dijo que debíamos tener el entendimiento muy espeso si usábamos alimentos tan materiales. No me aburría nada oír cosas tan bellas y curiosas, y las escuchaba con gran atención. Pero habiéndome pedido que considerara el aspecto de la ciudad, de la que sólo estábamos alejados unos doscientos pasos, al levantar los ojos para verla ya no vi nada y quedé ciego, por lo que mi conductor y sus compañeros se pusieron a reír.

El despecho de ver a estos señores divertirse con mi accidente me entristecía más que mi desgracia. Al darse cuenta de que sus modales me disgustaban, el que había conversado todo el rato conmigo me consoló, diciéndome que no me impacientara y que la visión se aclararía en un momento. Después fue a buscar una Hierba, con la que me frotó los ojos y en aquel instante vi la luz, y el resplandor de esta magnífica ciudad, cuyas casas estaban hechas con un cristal purísimo, que el Sol alumbraba continuamente; ya que en esta isla nunca había sido de noche. No me permitieron entrar en ninguna de estas casas pero sí ver lo que pasaba a través de los muros que eran transparentes. Examiné la primera casa, están todas construidas a partir de un mismo modelo. Observé que su alojamiento sólo consistía en una planta compuesta de tres apartamentos, teniendo cada apartamento varias habitaciones y gabinetes.

En el primer apartamento aparecía una sala, decorada con una tapicería de Damasco, ornada con galón de oro, bordada con una franja igual. El color del fondo de esta tela cambiaba de rojo a verde, realzado con plata muy fina; el conjunto estaba cubierto por una gasa blanca; luego habían algunos gabinetes, provistos de joyas de diferentes colores; después se descubría una habitación totalmente amueblada con un bello terciopelo negro, engalanado con varias tiras de satén muy negro y lustroso; el conjunto estaba realzado con un trabajo en jades cuya negrura brillaba y resplandecía con intensidad.

En el segundo apartamento se veía una Habitación, tapizada con un muaré blanco ondulado, enriquecido y realzado por un aljófar de perlas orientales muy finas. Luego había varios gabinetes, decorados con muebles de varios colores, de satén azul, de damasco violeta, de muaré citrino, y de tafetán encarnado.

En el tercer apartamento había una habitación ornada con una tela muy resplandeciente, púrpura con fondo dorado, más bella y rica, sin lugar a dudas, que todas las otras telas que acababa de ver.

Pregunté por el dueño y la dueña de la casa. Me dijeron que estaban escondidos en el fondo de esta habitación y que tenían que pasar a otra más alejada que sólo estaba separada de esta por algunos gabinetes que las comunicaban, que los muebles de estos Gabinetes eran de colores muy diferentes, siendo unos de un tabí de color isabelino, otros de muaré citrino, y otros de un brocado de oro muy puro y fino.

No podía ver el cuarto apartamento porque estaba fuera de obra, pero me dijeron que sólo consistía en una habitación, cuyos muebles no eran más que un tejido de rayos de Sol, los más depurados y concentrados en esta tela de púrpura que acababa de mirar.

Después de haber visto estas curiosidades, me enseñaron cómo se realizaban los matrimonios entre los habitantes de esta isla. Teniendo el Hagacestaur un conocimiento perfecto de los humores y del temperamento de todos sus súbditos, desde el mayor hasta el menor, reúne a los parientes más próximos y dispone que una joven, pura y nítida se una con un anciano sano y vigoroso; cuanto más purga y purifica a la muchacha, más lava y limpia al anciano el cual ofrece su mano a la joven; ésta toma la mano del viejo; entonces se les conduce a una de estas moradas, sellándose la puerta con los mismos materiales con los que ha sido hecha la vivienda: y es preciso que permanezcan así encerrados juntos durante nueve meses completos, y durante este tiempo hacen todos estos bellos muebles que me han enseñado. Al término de este tiempo, salen los dos unidos en un sólo cuerpo; y no teniendo más que un alma única, ya no son más que uno, cuyo poder es muy grande sobre la Tierra. Entonces el Hagacestaur se sirve de ellos para convertir a todos los malvados, que están en sus siete reinos.

Me habían prometido que entraría en el palacio del Hagacestaur; enseñándome sus apartamentos, y en particular un salón donde están cuatro estatuas tan antiguas como el mundo, siendo la que está situada en el centro el poderoso Seganisegede, que me había transportado a esta isla. Las tres restantes, que formaban un triángulo alrededor de ésta son tres mujeres, a saber: Ellugate, Linemalore y Tripsarecopsem. Me habían prometido enseñarme el templo donde está la figura de su Divinidad que denominan Elesel Vasergusine; pero habiendo empezado a cantar los gallos, conduciendo los pastores sus rebaños a los campos, y atalajando los Labradores sus carretas, hicieron tanto ruido que me despertaron y mi sueño se disipó enteramente.

Todo lo que ya había visto no era nada en comparación a lo que prometían enseñarme. No obstante, no me cuesta consolarme cuando reflexionó sobre este imperio celeste, donde el Todopoderoso aparece sentado en su Trono rodeado de gloria y acompañado por ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos y dominaciones. Es allí donde veremos lo que los ojos no han visto nunca, donde oiremos lo que las orejas nunca han oído, ya que es en este lugar donde debemos saborear una felicidad eterna, que Dios mismo ha prometido a todos los que intenten ser dignos de ella, habiendo sido todos creados para participar en esta gloria. Hagamos, pues, todos los esfuerzos posibles para merecerla.

Loado sea Dios.