Historia del arte · Mitología comparada · Psicología profunda · Simbología religiosa · Filosofía

9 de julio de 2009

La Danza de Shiva

l Universo, tú, yo, no somos parte sino de una monstruosa ilusión generada por Brahman, mientras su colega Shiva danza.

Lo que es, no es. La única realidad es Brahman-Atman, el Macrocosmos y el Microcosmos, un solo y único Ser. El mundo no existe sino vagamente, a modo de un sueño, una realidad virtual. Todos somos espectros de la mente de Brahman y, al igual que todos los dioses, finalmente seremos absorbidos por el Uno, el Todo. El influjo de Māyā nos hace ver el mundo fragmentado, fragmentos que son ilusiones para la mente.

Toda la vida es parte de un gran proceso rítmico de creación y destrucción, de muerte y renacimiento, y la Danza de Shiva simboliza este eterno ritmo de vida y muerte que continúa en ciclos sin fin. Ananda K. Coomaraswamy explica:
En la noche de Brahman, la Naturaleza está inerte, y no puede danzar hasta que Shiva lo desea: Él sale de su éxtasis y danzando envía a través de la materia inerte ondas pulsantes de sonido despertador, y ¡Ya!, la materia también comienza a danzar, apareciendo como un círculo de gloria a su alrededor. Con su danza, sostiene sus múltiples fenómenos. Cuando el tiempo se completa, todavía danzando, él destruye todas las formas y nombres mediante el fuego y confiere un nuevo descanso. Esto es poesía, pero no por ello deja de ser ciencia.
Las dos formas de la Danza de Shiva son la danza de la creación (Ananda Tandava) y la de la destrucción (Rudra Tandava). Esta danza también simboliza el cambio constante e inherente del Universo y el ritmo diario de nacimiento y muerte, considerado en el misticismo hindú, como la base de toda la existencia.

Al mismo tiempo, Shiva nos recuerda que las múltiples formas son māyā, no fundamentales, ilusorias y siempre mutables, mientras continúa creándolas y disolviéndolas en el incesante flujo de su danza. En palabras del indólogo Heinrich Zimmer:
Sus gestos espontáneos y llenos de gracia precipitan la ilusión cósmica; sus brazos y piernas al viento y su torso balanceándose producen, y son en sí mismos, la continua creación y destrucción del Universo, con la muerte equilibrando al nacimiento, la aniquilación equilibrando a toda creación.
Los artistas hindúes de los siglos X y XI representaron la Danza Cósmica de Shiva en magníficas esculturas danzantes de bronce, con cuatro brazos cuyos gestos equilibrados y dinámicos expresan el ritmo y la unidad de la vida. Los diversos significados de esta danza son transmitidos mediante los detalles de las figuras en una compleja alegoría pictórica.
Nataraja. Shiva, el Señor de la Danza Cósmica.
Desde su antebrazo inferior derecho se desenrrolla una cobra. La Luna Creciente (nacimiento y crecimiento) y un cráneo (muerte) posan sobre su tocado; también tiene en él una flor de estramonio, planta con la que se prepara un veneno. La mano superior derecha de Shiva, en un mudra conocido como damaru-hasta, sostiene un tambor, llamado damaru, que simboliza el sonido que marca el ritmo espacio-temporal y la primera actividad de Shiva llamada Sristi, es decir, la creación. La mano superior izquierda sostiene una llama, que es la energía que impulsa al mundo y que acabará por devorarlo, es el fuego (Agni), el elemento de la destrucción (tercera actividad: Samhara), pero también de la renovación. El equilibrio de las dos manos representa el dinámico equilibrio entre la creación y la destrucción del mundo, equilibrio que se ve acentuado por la expresión serena e imparcial del rostro del danzante: ni placer, ni dolor, en el centro de las dos manos y donde la polaridad de la creación y la destrucción es disuelta y trascendida. Su diestra inferior está alzada en el mudra llamado abhaya que significa "no temáis", y simboliza conservación (Sthiti, la segunda actividad), protección y paz a aquellos que siguen los caminos de la rectitud del Dharma. La siniestra inferior apunta a su pie izquierdo alzado y está en la "posición del elefante" (el elefante es el que abre los caminos a través de la "selva del mundo", es decir, el guía divino) símbolo de la liberación (Anugraha, la quinta y última actividad) del encanto de Māyā; la Gran Ilusión, que engaña a los profanos; los dormidos, con la apariencia de que el mundo es real.

El arete derecho de Shiva es de hombre, el izquierdo es de mujer, porque el dios incluye y está por encima de las parejas de contrarios creadas por el mundo sublunar. Los mechones de cabellos revueltos representan el pelo desarreglado del yogui hindú, que ahora se revuelven en la danza de la vida. Los brazaletes de Shiva, los aros de sus brazos, tobillos y el cordón brahmínico son serpientes vivas. En sus cabellos está escondida una pequeña imagen de la diosa Ganga, porque él es quien recibe en su cabeza el choque del descendimiento del divino río Ganges desde los cielos, y quien permite que las aguas que dan vida y salvación corran suavemente a la Tierra para refrescar física y espiritualmente a los hombres

El aro ígneo a su alrededor es el Universo manifestado a partir de la Gran Explosión Primigenia, además de representar a la naturaleza circular o cíclica del tiempo. La serpiente en su cintura es Kundalini, la energía sexual y creadora. La pequeña figura que es aplastada por el pie derecho de Shiva (que representa la cuarta actividad llamada Tirobhava, la encarnación) es el demonio Avidya, o Apasmara, la Ignorancia, misma que debe ser derrotada antes de alcanzar la liberación.

La Danza de Shiva, dice Coomaraswamy, es "la más clara imagen de la actividad de Dios, de la que cualquier arte y religión pueda presumir". Como el dios es una personificación de Brahman, su actividad es la actividad de la miríada de manifestaciones de Brahman en el mundo. La Danza de Shiva es la Danza del Universo; el incesante flujo de energía que pasa por una infinita variedad de modelos que se funden unos con otros.

La Física moderna ha demostrado que la materia, en realidad, no existe al menos en la forma en que creíamos, sino que más allá de su apariencia sólida y de reposo, está compuesta por ondas electromagnéticas y partículas de energía que vibran y se mueven constantemente. Tanto el movimiento, como el ritmo, son propiedades esenciales de la materia y el Universo; toda la materia en el Universo está en una danza cósmica continua, al ritmo de la "Música de Dios". También se ha demostrado que el ritmo de creación y destrucción no sólo se manifiesta en la sucesión de las estaciones, el movimiento aparente del Sol, las fases lunares y en el nacimiento y muerte de los seres vivos, sino que es también la esencia de la materia inorgánica. Según la teoría cuántica del campo, todas las interacciones entre los componentes de la materia tienen lugar a través de la emisión y absorción de partículas virtuales. La física moderna revela que toda partícula subatómica no sólo realiza una danza de energía, sino que al mismo tiempo es en sí misma una danza de energía, un proceso pulsante de creación y destrucción.

Los esquemas de esta danza constituyen un aspecto esencial de la naturaleza de cada partícula y determinan muchas de sus propiedades. Por ejemplo, la energía utilizada en la emisión y absorción de partículas es equivalente a una cierta cantidad de masa que contribuye a la masa de la partícula que autointeractúa. Partículas diferentes desarrollan modelos distintos en su danza, requiriendo diferentes cantidades de energía y esa es la razón de que tengan diferentes masas. Las partículas virtuales, finalmente, no son sólo una parte esencial de las interacciones llevadas a cabo por todas las partículas y de las propiedades de la mayor parte de ellas, sino que también son creadas y destruidas por el vacío. Así, no sólo la materia, sino también el vacío participan en la danza cósmica, creando y destruyendo sin fin los modelos de energía.

Para los físicos modernos, entonces, la Danza de Shiva es la danza de la materia subatómica. Al igual que en la mitología hindú, se trata de una danza continua de creación y destrucción que involucra a todo el Cosmos. Es la base de toda la existencia y de todos los fenómenos naturales.

Hace ya cientos de años que los hindúes plasmaron sus ideas de Shiva danzando en hermosas esculturas de bronce. Actualmente, los científicos utilizan la tecnología más avanzada para fotografiar los modelos de esta Danza Cósmica. El Gran colisionador de hadrones (LHC por sus siglas en inglés) forma parte de esta tecnología. Denominado como "La Máquina de Dios", el acelerador de partículas más grande y poderoso del mundo, que mide 27 km de circunferencia, promete recrear el instante posterior al Big Bang y se espera que este instrumento permita confirmar la existencia de la partícula primordial que recibe el nombre de bosón de Higgs, o, como a veces se le conoce, "la Partícula de Dios".

A la entrada del laboratorio que sustenta esta gigantesca máquina circular (semejante al aro ígeno de Shiva), el CERN (Organización Europea de Investigaciones Nucleares), ubicado entre la frontera de Francia y Suiza, se colocó una de estas esculturas de Nataraja como símbolo del proyecto. A sus pies se instaló una placa que explica la conexión entre la imagen de la Danza de Shiva y la "danza" de las partículas subatómicas.

La metáfora de la Danza Cósmica, de este modo, unifica a la antigua religión con la ciencia moderna. Realmente, como dijo Coomaraswamy: "es poesía pero no por ello deja de ser ciencia".

Aum Namah Shivaya.

Doctrina del Eterno Retorno

Según el gran historiador de las religiones, Mircea Eliade, "todas las culturas antiguas intuyeron un desenvolvimiento de la "historia" en un tiempo cíclico que se regenera periódicamente ad infinitum. Sus tradiciones narran en mitos, las sucesivas Eras o Edades, encontrándose siempre la "Edad de oro" al principio del ciclo, cerca del illud tempus paradigmático y la cual es posible recuperar", a través del mito y de su representación, es decir, el rito.

En la tradición hindú, dice Eliade, el mito de la repetición eterna encontró su forma más audaz. La creencia en la destrucción y la creación periódica del Universo se encuentra ya en el Atharva Veda (X, 8, 39-40). Se conservan ideas similares en la tradición nórdica, como en la idea de la conflagración universal, conocida como Ragnarök, seguida de una nueva creación, lo que confirma la estructura indoaria de ese mito, y la cual puede, por consiguiente, ser considerada como una de las numerosas variantes de ese arquetipo. Las eventuales influencias orientales sobre la mitología germánica no atentan necesariamente contra la autenticidad y el carácter autóctono del mito del Ragnarök.

Sin embargo, la especulación hindú amplía y combina los ritmos que ordenan la periodicidad de las creaciones y de las destrucciones cósmicas. La unidad de medida del ciclo más pequeño es el yuga, "edad". Un yuga va precedido y seguido por una "aurora" y por un "crepúsculo" que enlazan las edades entre sí. Estos períodos de transición (amsha) al comienzo y al final de cada edad duran una décima parte de la duración total de la edad. Un ciclo completo o mahayuga se compone de cuatro "edades" de duración desigual, de las cuales la más larga aparece al principio del ciclo y la más corta al final, con una proporción respectivamente de 4, 3, 2 y 1. Así la primera edad, la Krita-yuga, dura 4.000 años divinos, más 400 años divinos de "aurora" y otros 400 de "crepúsculo", en total equivaldrían a unos 24.195 años solares; le siguen Treta-yuga, de 3.000 años divinos, más 300 de aurora y 300 de crepúsculo (18.146 años solares), Dvapara-yuga, de 2.000 años divinos, más 200 de aurora y 200 de crepúsculo (12.097 años solares) y Kali-yuga, de 1.000 años divinos, más 100 de aurora y 100 de crepúsculo (6.048,62 años solares). Por consiguiente, un mahayuga dura 12.000 años divinos.

Los indoarios simbolizaban la transición de estas edades con el toro del Dharma, que representa el orden y la moralidad. Durante el Krita Yuga, se alzaba sobre sus cuatro patas, mientras que en el Treta Yuga sólo se sostendría sobre tres, en el Dvapara Yuga sobre dos y en el Kali Yuga sobre una, lo cual corresponde con la duración relativa de 4, 3, 2, 1 de los ciclos (treta significa "tres", y dva, "dos").

Según el calendario tradicional hindú todavía en uso, el Kali Yuga comienza en el 3.102 antes de nuestra era. Si aceptamos este dato para el comienzo del Kali Yuga, obtenemos el calendario siguiente:

Alba del Krita Yuga: 58.042 AEC

Alba del Treta Yuga: 33.848 AEC

Alba del Dvapara Yuga: 15.703 AEC

Alba del Kali Yuga: 3.606 AEC

Kali Yuga: 3.102 AEC

Medio del Kali Yuga: 582 AEC

Comienzo del Crepúsculo: 1.939 EC

Final del Crepúsculo del Kali Yuga: 2.442 EC

El crepúsculo del Kali Yuga habría comenzado por lo tanto en el año 1939 de nuestra era, en el mes de Mayo. La catástrofe final tendrá lugar durante este crepúsculo. Los últimos vestigios de la humanidad actual habrán desaparecido en 2442. Partiendo de estos datos y remontando hacia atrás nos encontramos con que la primera humanidad habría comenzado en el año 419.964 antes de nuestra era, la segunda en el 359.477, la tercera en el 298.990, la cuarta en el 238.503, la quinta en 178.016, la sexta en el 118.529 y la séptima en el 58.042.

La primera edad, el Krita Yuga o Satya Yuga ("Era de la Verdad"), es la era de la realización y de la sabiduría. Una era en la que el hombre vivía en armonía con el Recto Orden del Cosmos y que el calendario hinduista indoeuropeo sitúa en el período Paleolítico cazador-recolector. Corresponde a la Edad de Oro de Hesíodo. Con su amanecer y su crepúsculo, dura 24.194 años.

Las escrituras hindúes hablan del Krita Yuga como una época consagrada a la meditación y a la virtud, y en la que no se concibe la traición ni la maldad. Así, según el Mahabharata, en esta era, todo lo que necesitaban los hombres "era obtenido por el poder de la voluntad", y no existía la enfermedad, la vejez, el odio, la vanidad o la tristeza, con lo cual se está hablando de una época en la que el ser humano era perfecto.

Después viene el Treta Yuga, es decir "la Era de los Tres Fuegos Rituales", la era de los ritos y también del hogar, es decir de la civilización sedentaria, agrícola y urbana. Su duración, con su alba y su crepúsculo, es en total de 18.145 años.

La tercera edad, el Dvapara Yuga o "Edad de la Duda", ve nacer las religiones y las filosofías contestatarias. El hombre pierde el sentido de la realidad divina del mundo y se aleja de la Ley Natural. El Dvapara Yuga dura 12.097 años.

Llega finalmente la cuarta edad o "Edad de los Conflictos" o "de las Tinieblas", el Kali Yuga, en la que estamos actualmente. Dura 6.048 años. Desembocará en la destrucción casi total de la humanidad actual.

A las disminuciones progresivas de la duración de cada nuevo yuga corresponde en el plano humano una disminución de la duración de la vida, acompañada de un relajamiento de las costumbres y de una declinación de la inteligencia[1][2][3]. Esta decadencia continúa en todos los planos —biológicos, genéticos, intelectuales, espirituales, éticos, sociales, etc. acompañada de un progreso material y grandes avances tecnológicos (la materia viva se va atrofiando y degradando, mientras que la materia muerta evoluciona a pasos acelerados)— y alcanza un relieve más destacado en los textos puránicos.

El pasaje de un yuga al otro se produce, como hemos visto, en el curso de un "crepúsculo" que señala un decrescendo aún en el interior de cada yuga, terminando cada uno por una etapa de tinieblas. A medida que nos acercamos al final del ciclo, es decir al cuarto y último yuga, las "tinieblas" se espesan. El último yuga, aquel en que nos encontramos actualmente, se llama, por lo demás, la "Edad de las Tinieblas" (o de Hierro), Kali Yuga. El ciclo completo termina por una "disolución", un pralaya, que se repite de manera más radical (mahapralaya, la "gran disolución") al final del milésimo ciclo. En la mentalidad de nuestros antepasados, las primeras edades fueron tiempos de justicia, armonía, belleza y sabiduría, que poco a poco se fueron corrompiendo hasta dar lugar a tiempos de degeneración, de traición, de conflictos, de violencia, de deshonor, de olvido de los dioses y de los ritos, de maldad, de materialismo, de libertinaje, de destrucción de la identidad racial y cultural de todos los pueblos y de alejamiento de la Naturaleza y de sus leyes.

H. Jacobi cree con razón que, en la doctrina original, un yuga equivalía a un ciclo completo, comprendiendo el nacimiento, el "desgaste" y la destrucción del Universo. Semejante doctrina se acerca más al mito arquetípico, de estructura lunar, que estudia Eliade en su Traite d’Histoire des Religions. La especulación ulterior no hace sino ampliar y reproducir hasta lo infinito el ritmo primordial de creación-destrucción-creación, proyectando la unidad de medida, el yuga, en ciclos cada vez más vastos. Los 12.000 años de un mahayuga han sido considerados como "años divinos", durando cada uno de éstos 360 años, lo que da un total de 4.320.000 años para un solo ciclo cósmico. 71 mahayugas hacen un manvantara. Un millar de mahayugas o bien 14 manvantaras constituyen un kalpa. Un kalpa equivale a un día de la vida de Brahma; otro kalpa a una noche. 30 kalpas hacen un "mes de Brahma". 12 meses de Brahma (360 kalpas) hacen un "año de Brahma". Cien de esos "años" de Brahma constituyen su vida. Pero esa duración considerable de la vida de Brahma no llega siquiera a agotar el tiempo, pues los dioses no son eternos y las creaciones y destrucciones cósmicas prosiguen ad infinitum.[4]
Ouroboros, símbolo del Infinito y el tiempo cíclico del Universo; el Fin es el Principio
Lo que conviene recordar de ese alud de números es el carácter cíclico del tiempo cósmico. De hecho asistimos a la repetición infinita del mismo fenómeno (creación-destrucción-creación nueva) presentido por cada yuga (aurora y crepúsculo) pero completamente realizado por un mahayuga. La vida de Brahma comprende así, 2.560.000 de esos mahayuga, cada uno de los cuales recorre las mismas etapas (krita, treta, dvapara, kali) y termina con un pralaya, un ragnarök, la destrucción "definitiva", en el sentido de una regresión de todas las formas a una masa amorfa, que se produce al final de cada kalpa en el momento de mahapralaya. Además de la depreciación metafísica de la historia que, en proporción y por el solo hecho de su duración, provoca una erosión de todas las formas, y agota la substancia ontológica de éstas, y del mito de la perfección de los comienzos (mito del paraíso que se pierde gradualmente, por la simple causa de que se realiza, toma forma y dura), lo que merece ocupar nuestra atención en esa orgía de cifras es la eterna repetición del ritmo fundamental del Cosmos: su destrucción y su recreación periódicas. El hombre no puede apartarse de ese ciclo sin principios ni fin más que con un acto de libertad espiritual, pues todas las soluciones soteriológicas hindúes se limitan a la liberación previa de la ilusión cósmica y a la libertad espiritual.

En un sentido cosmológico de acuerdo a las observaciones empíricas del Big Bang, cada vez que Shiva crea el Universo con su danza, éste se expande durante cincuenta mil millones de años, luego se contrae durante otros cincuenta mil millones de años y finalmente es absorbido por un agujero negro, o bien colapsado sobre sí mismo, en el llamado Big Crunch para, finalmente, volver a empezar otro Universo. El consenso de los científicos contemporáneos sobre la edad del Universo es de trece mil seiscientos millones de años.

El número 5, entraña un profundo misterio sobre cómo se constituye y organiza la materia en las leyes físicas y biológicas. Cinco son los sólidos platónicos o ideales de los que derivan todas las formas existentes. En la filosofía hindú los cinco sentidos u órdenes de sensación son llamados tanmatras mismos que se relacionan con los cinco tattvas (elementos). También cinco son las actividades que Shiva realiza en su Danza Cósmica: 1. Sristi (creación); 2. Sthiti (preservación); 3. Samhara (destrucción); 4. Tirobhava (encarnación); y 5. Anugraha (liberación).

Después de cinco universos, creados y destruidos, el ciclo se repite, y en la sexta encarnación, el Atman vuelve al primer universo y al primer cuerpo físico.

Esto pasa de igual modo en una extraña serie numérica y cíclica que sigue cierto algoritmo. Para formarla, se toman dos números reales positivos cualesquiera. Por ejemplo, el 4 y el 8.

Para obtener el tercer número de esa serie (4, 8...), se suma 1 al segundo elemento, es decir, 8 + 1 = 9. Después, el 9 se divide entre el primer número (4) lo que da como resultado: 2.25.

Para obtener el cuarto número de la serie se repite la operación, esta vez con el tercero y el segundo: 2.25 + 1 = 3.25 ÷ 8 = 0.40625.

El quinto número, siguiendo exactamente el mismo patrón, sería: 0.625.

Entonces la serie final queda de la siguiente manera:
4, 8, 2.25, 0.40625, 0.625...

Uno podría pensar que si se sigue aplicando el algoritmo sólo se obtendrán nuevos números tan horribles como los anteriores. A medida que se busca el siguiente elemento de la serie, aparecen más números imperfectos y fragmentados.
Veamos:
0.625 + 1 = 1.625 ÷ 0.40625 = 4

Así, después de cinco ciclos, la serie retorna a su estado inicial, consolidando aritmológicamente la Apocatástasis, el retorno a los orígenes.
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Bibliografía.

-Ananda K. Coomaraswamy, The Dance of Shiva.
-Fritjof Capra, The Tao of Physics. Sirio.
-Heinrich Zimmer, Myths and Symbols in Indian Art and Civilization.
-Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno.
-Martin Gardner, The Magic Numbers of Dr. Matrix. Gedisa.
-Joseph Campbell, The Hero with a Thousand Faces. p. 21. Fondo de Cultura Económica.

-El destino del mundo según los indo-arios.

Notas.

[1]La humanidad va perdiendo capacidad intelectual, según genetistas.

[2]Estudio: Los seres humanos son cada vez más tontos.
[3]Human intelligence 'peaked thousands of years ago and we've been on an intellectual and emotional decline ever since'.
[4] ↑ Otros sistemas de cálculos amplían, en proporción mucho mayor, las duraciones correspondientes.

2 de julio de 2009

Hermes, el mensajero de los dioses

Por Enrica Perucchietti, publicado en Año Cero. Año XVII Nº 03.

Hermes Trismegisto es una figura mitológica compleja que presenta el aspecto de un superhombre divinizado a quien incluso se ha atribuido una obra clave de la tradición esotérica occidental. Síntesis del Thot egipcio, el Hermes griego y el Mercurio romano, es el arquetipo del Conocimiento, el Verbo divino encarnado en ser humano.
Hermes con sus atributos. Basilius Valentinus, Duodecim Claves
l nombre de Hermes evoca la mitología, pero también la filosofía, la religión, el esoterismo, la literatura y el arte. Su imagen no es sólo la del mensajero alado de los dioses del Olimpo, sino también la de la deidad de la Sabiduría, que ejerce como mediador entre los hombres y la esfera sobrenatural, asumiendo distintas funciones: padre de la Alquimia y patrón de los intérpretes de los textos sagrados, pero también de los ladrones, los tramposos y los comerciantes.

Por otro lado, aparece como poseedor de una ciencia secreta y psicopompo, que guía las almas de los difuntos. Por lo tanto, es un personaje complejo y ambiguo: una figura mítica extraordinaria, a la que se atribuye la autoría de obras literarias y filosóficas.

La evolución de la figura de Hermes-Mercurio ☿ responde al pensamiento filosófico antiguo, siempre atento a las correspondencias entre los distintos planos o niveles de realidad. Por ejemplo, no es casual que le veamos como el protector de los viajeros, ya que él mismo es «el eterno vagabundo», como lo define el estudioso Károly Kerényi. Y esta versatilidad y movilidad están relacionadas con la fugacidad de su correspondencia astral. Como cuerpo celeste, Mercurio es uno de los planetas más difícilmente observables. Al permanecer constantemente en las proximidades del Sol, sólo se le puede ver en el crepúsculo o con el cielo ligeramente nublado. Su naturaleza mutable se halla en la base de las características simbólicas del propio dios: ambigüedad, volubilidad, elocuencia, destreza e inestabilidad.

Desde Virgilio a Bocaccio, lo vemos como el «Señor de los vientos». Botticelli lo representó dirigiendo a las nubes en su obra maestra La primavera, pero también como el guía de las Gracias, evocando un complejo conjunto de significados herméticos. Según la historiadora y prestigiosa especialista en hermetismo Frances A. Yates, La primavera es un auténtico talismán, «una imagen del mundo elaborada para transmitir, a quien la contempla, influjos saludables, vivificantes y antisaturnianos. Es la traducción o equivalente visual, en el Renacimiento europeo, de la magia natural de Ficino».

Los múltiples y cambiantes aspectos de Hermes encuentran un denominador común en dos características fundamentales: la primera es su función de guía y la segunda se refiere al dominio del lenguaje y de la interpretación, relacionada no sólo con la hermenéutica (el arte de descifrar textos), sino también con la habilidad para el engaño. Por eso, Platón afirma en Cratilo: «El nombre de Hermes se asocia con la palabra, con el discurso; él es intérprete y mensajero, aquel que roba con destreza, que engaña con discursos, que negocia en los mercados; en resumen, el maestro de todas las actividades basadas en la palabra».

De la leyenda a la historia

El mito ha destacado el rostro lunar de Hermes, conectado con el lado crepuscular del planeta Mercurio. Bajo este aspecto es «el hijo de la oscuridad», que se opone al Prometeo solar. Si Hermes representa a la Sofía gnóstica (sabiduría), Prometeo simboliza la tecne (técnica). Pero estos opuestos se complementan. Prometeo enseña al hombre el uso del fuego, o la capacidad metalúrgica de modificar la materia (el lado práctico de la alquimia y la función del hombre como Homo faber), mientras que Hermes le desvela el mundo oculto y espiritual que trasciende al material, a través de la dimensión mística de la misma alquimia.

En la mitología griega, aparece como hijo de Zeus y Maya, la más joven de las Pléyades. Los relatos sobre su infancia describen cómo logró engañar y robar una manada de bueyes a Apolo, cómo inventó la lira valiéndose de un caparazón de tortuga, y también cómo, obtenido el perdón de Apolo a cambio de dicho instrumento musical, aprendió de éste el arte de la adivinación, convirtiéndose así en el mensajero de Zeus. En el resto de las leyendas aparece como heraldo de los dioses, ejecutor de la voluntad divina o protector de los héroes.

El nombre de Hermes fue asignado por los griegos al egipcio Thot, el divino escriba de los dioses, mago y depositario de la sabiduría arcana, que ayudó a Isis a resucitar a Osiris. Y la fusión de Hermes con Thot dio a luz la figura de Hermes Trimegisto, el «Tres veces grande» de los latinos, que lo asimilaron también al Mercurio romano.

En su De natura deorum (Sobre la naturaleza de los dioses), Cicerón sostiene que existieron cinco Mercurios y que el último de ellos, desterrado al país del Nilo después de haber matado a Argos, «dio a los egipcios leyes y letras» y tomó el nombre de Thot. La asimilación de éste con Hermes se hace oficial en el siglo III a.C. y es confirmada por un decreto de los sacerdotes en el año 196 a.C. Después de este decreto, los autores judíos identificaron a Thot-Hermes con Moisés, dando lugar a una tradición que se mantendría viva en Europa hasta el Renacimiento.

Thot-Hermes habría enseñado a los egipcios «a navegar, a levantar piedras con grúas, a fabricar armas, bombas de desagüe y máquinas de guerra». A esta lista hay que añadir la enseñanza de la filosofía y de la astronomía. Ecateo de Abdera lo calificó de «secretario de Osiris» y le atribuyó la invención de la escritura, la astronomía, la música, la lira de tres cuerdas y el arte de la interpretación. A su vez, la identificación-fusión de Hermes con Thot, y la consiguiente atribución a Hermes Trimegisto de una vasta literatura de astrología, ciencias ocultas y filosofía gnóstica se remonta a Evemero (siglo III AEC.), para quien los personajes mitológicos habían sido seres humanos divinizados después de su muerte por la grandeza de sus actos heroicos.

Así nació la creencia de que Hermes era un personaje histórico real, acreditada y reforzada por el cristianismo, que lo consideró un profeta, un ángel o un demonio, según las distintas corrientes. Bajo dicha influencia se le atribuyeron libros en lengua griega, que serían reagrupados bajo el nombre de Corpus Hermeticum y pondrían los cimientos de la tradición denominada «hermética».

Tres veces grande

La genealogía clásica de este Hermes-Thot-Mercurio se remonta al periodo helenístico y comienza con Thot. Según la leyenda, un hijo de este dios egipcio fue el padre del segundo Hermes, el Trismegisto, cuyo hijo fue Tat. Apolonio de Rodas le convirtió en un antepasado de Pitágoras. Según otra traducción recogida por Plutarco, también la diosa Isis era hija de Hermes.

En cambio, en sus Instituciones divinas, el cristiano Lactancio sostuvo en el siglo III EC. que el Hermes egipcio, «aunque sólo fuese un hombre, tenía no obstante una gran antigüedad y estaba perfectamente dotado de toda clase de conocimientos; de manera que la sabiduría sobre muchos asuntos y artes le procuró el nombre de Trismegisto. Escribió gran cantidad de libros, referidos al conocimiento de las cosas divinas, donde reivindica la majestad del dios supremo y único Dios y hace mensión de ello recurriendo a los mismos nombres que utilizamos nosotros: Dios y Padre».

Las numerosas referencias a Hermes contenidas en las obras de Lactancio se explican por el hecho de que lo consideraba un aliado en la lucha contra la cultura pagana. En el siglo IV, San Agustín afirmó que Hermes era sobrino segundo de un contemporáneo de Moisés. Pero condenó obras suyas como el Asclepios, tachándolas de idolátricas.

En cualquier caso, no deja de reconocer la antigüedad de Trismegisto, afirmando en su De Civitate Dei que había vivido «mucho antes que los sabios y filósofos griegos» y que «se hizo famoso como experto en muchas artes, que enseñó también a los hombres, los cuales, por este motivo, creyeron que después de su muerte se había convertido en un dios».

Otra tradición diferencia entre tres Hermes e identifica al primero con el patriarca Enoch, al segundo con Noé y al tercero con Hermes-Thot, que habría vivido en Egipto después del Diluvio. Según ésta, el apelativo de «triple» o de «tres veces grande» se debería a que estaba en posesión de las «Tres dignidades que Dios confería: Rey, Filósofo y Profeta». El propio Hermes la atribuye al hecho de que posee las tres partes de la sabiduría del mundo.

Si los testimonios de los Padres de la Iglesia servían para acreditar la existencia y la antigüedad de Hermes-Thot-Mercurio, en el Medioevo se asiste a un dobre proceso, por una parte dirigido a ridiculizar y demonizar su figura, pero por otra a asumirlo como modelo de virtudes cristianas, hasta el extremo de asociarlo a la imagen de Cristo.

La identificación con el Cristo-Logos es temprana. Si en la mitología griega aparecía a veces como dios de los pastores, los autores cristianos le vieron como una prefiguración profética del Buen Pastor. Su función de guía de las almas de los difuntos permitió también presentarlo como un arcángel y un equivalente del dios egipcio Anubis, la deidad que «abre y muestra los caminos».

Otros autores cristianos lo retratan, en cambio, como un diablo. En el siglo IV, Sulpicius Severus narra cómo dos demonios se acercan a San Martín para atormentarlo: «Uno de ellos era Júpiter, el otro Mercurio». Y Mercurio era el más peligroso para este autor, según el cual el propio Satanás disfrutaba apareciéndose bajo esta identidad.

La tradición atribuyó a Hermes una cantidad increíble de libros, estrellas y sellos. Clemente de Alejandría hablaba de 42 libros, el sacerdote egipcio Manetón le atribuyó 36.525 y Seleuco, 20.000. Uno de los más misteriosos de este conjunto legendario sería El Libro de Thot, supuestamente redactado en época antediluviana, que contendría un ritual mágico capaz de transformar al hombre en «rey de la creación».

Un tema apreciado por la tradición alquímica, sobre todo árabe, explica cómo el primer Hermes o Thot, que vivió antes del Diluvio, habría hecho construir las pirámides (y la Esfinge) para depositar allí los secretos de la Sabiduría. Esta tradición árabe distingue un primer Idris-Thot, iniciador de los misterios de la Sabiduría que grabó los principios de la Ciencia Sagrada en los jeroglíficos; un segundo Hermes, que habría vivido en Babilonia después del Diluvio e iniciado a Pitágoras; y el tercero, padre de la Alquimia.

A esta vasta literatura atribuida a Hermes pertenece la célebre Tabla de Esmeralda, llamada así porque la leyenda sostiene que fue grabada por él mismo con una punta de diamante sobre una lámina de esmeralda. Dicha leyenda refiere que esta Tabla, escrita en árabe, habría sido descubierta por Alejandro Magno cuando consultó el Oráculo de Amón en el oasis de Siwa, descubriendo allí la tumba de Hermes y en su interior dicha Tabla. Según otra versión del relato, el mismo texto habría sido descubierto en las cavidades de la Gran Pirámide de Gizeh.

Una corriente de la tradición hermética que se remonta a Olimpiodoro y llega hasta el siglo XX, incluyendo a iniciados como Zósimo, Dom Antoine Joseph Pernety, Michael Maier y Julius Evola, hasta desembocar en la interpretación psicoanalítica de Carl G. Jung, considera que la mitología contiene un mensaje codificado con los principios de la Obra alquímica. «De Mercurio están compuestas todas las cosas, en tanto representa la materia, el principio y el fin de la Obra», dice Evola en su Tradición Hermética.

Unificador de los contrarios

El simbolismo de Hermes significa así tanto la dualidad como la unidad que la concilia y es, al mismo tiempo, lo material y lo espiritual, la fase de formación del Rebis, el Andrógino hermético, compuesto por Azufre y Mercurio, Macho y Hembra, Hermano y Hermana, como nos recuerdan las dos serpientes del Caduceo de este dios, que se entrelazan unificándose en torno a dicho cetro.

«Cuando el alquimista habla de Mercurio», explica Jung en Psicología y Alquimia, «se refiere exteriormente a la Plata Viva, pero interiormente al espíritu aprisionado en la materia, el Creador del Mundo (...) Mercurio es la Materia Prima, el nigredo; como dragón se devora a sí mismo y también muere para resurgir como Lapis Philosophorum» Es el juego de colores de la Cauda pavonis del Pavo Real y los Cuatro Elementos. Es el ser inicial hermafrodita, que después se escinde en la clásica pareja de hermano y hermana, para reaparecer en la figura radiante del lumen novum del Lapis. Es metal y no obstante, líquido, materia y espíritu, frío y ardiente, veneno y bebida saludable, «un símbolo unificador de los contrarios», el que brinda la coincidentia oppositorum.